Anthea

Hace cientos de años, en las praderas que cubrían el monte Olimpo, vivía un pequeño pastor.
Cada día se levantaba antes del alba a buscar agua para lavarse, preparaba su hatillo y soltaba a las ovejas de su encierro; el pastor hacia esto cada día y ya ni siquiera pensaba en sus acciones de aprendidas que las tenía.
Un día algo cambió; cuando fue a por agua, el río no era sino un lodazal; cuando fue a la despensa, el pan estaba enmohecido, y las aceitunas rancias y, finalmente, cuando fue a liberar a sus ovejas, todas estaban enfermas, y algunas habían muerto durante la noche.
Por unos instantes el pastorcillo se lamentó de su desgracia y lloró. Tras recuperarse pensó que quizá algunas de sus ovejas serían mas fuertes; epidemias siempre había habido, después de todo. Entró en el redil y comenzó a seleccionar las ovejas dependiendo de sus síntomas, se dio cuenta de que algunas tenían la enfermedad más avanzada pero seguían vivas, así que las cogió y las llevó a su casa.
Fue casi hasta la cima del monte Olimpo y allí, en el nacimiento del riachuelo, consiguió agua suficiente que cargó de vuelta sobre su espalda, dejó a las ovejas con casi todo el agua y algo de hierba seca que parecía no haberse estropeado, y salió hacia la ciudad a buscar medicinas y respuestas.
La caminata duraba casi un día y había salido tarde. Quizás lo lógico hubiese sido esperar al amanecer pero en vez de eso eligió por el camino un garrote que le sirviese también de bastón para caminar y continuó. La noche fue larga y fría pero la luna fue generosa y guió su camino con gran claridad.
Cerca del amanecer escuchó unos lobos acercarse, pero los ahuyentó cantando tonadas alegres y frescas. Por un momento casi tuvo ganas de bailar.
Justo cuando amanecía vislumbró las paredes de la ciudad, pero le sorprendió no ver guardias, ni movimiento de mercaderes y comenzó a pensar que no era el único al que los dioses estaban poniendo a prueba. Al entrar en al ciudad, el corazón le dio un vuelco.
Había cuerpos de gente enferma y moribunda apilados contra los muros, junto a los cuerpos fríos de aquellos que no habían sobrevivido, y entre toda aquella estampa, se oía el llanto de un niño febril que reclamaba la atención que su madre ya no podía darle.
El pastorcillo se asustó, y sintió una gran tristeza. El había acudido a la ciudad a pedir ayuda y no había nadie allí capaz de ayudarle, de hecho, podía decirse que era el único en pie en aquella ciudad de moribundos. Tras un instante de meditación el pastorcillo ató con un pedazo de cuerda el garrote a su espalda y con determinación se acercó al niño que lloraba frente a él, le tomó sin miedo en sus brazos y se dirigió a la fuente más cercana.
Gracias a lo dioses brotaba agua limpia, y con ésta limpió el rostro del pequeño. Sintió su temperatura y decidió que aún no debería preocuparse por eso. Al ver muchas casas abiertas decidió entrar a preguntar; pero descubrió que todas estaban en iguales o en peores condiciones que la propia calle por donde transitaba antes. Aprovechó también para investigar en sus despensas y descubrió vino y miel que no se había corrompido. Tomó el vino para él, licuó la miel con un poco de agua de la fuente y se la dio al pequeño, que la deglutió al instante y se durmió feliz. El pastorcillo comenzó a dudar que lo que estaba sucediendo fuese natural. Tomó una sábana y con ella se ató el crío al torso, así el niño podría dormir y el podría continuar sin perderle de vista.
En algunas callejas escucho conversaciones, llantos y oraciones, cada vez más según fue acercándose al templo; una vez allí descubrió cómo los guardias no permitían el acceso de la plebe al templo, sólo los nobles podían entrar y la guardia estaba castigando a los pobres desesperados que lo intentaban.
Los llantos y gritos se elevaban, pidiéndole a la diosa que les protegiese, el pastorcillo miró hacia la efigie de la guardiana de aquella ciudad, imponente en su belleza y fuerza. En su escudo, la cabeza de medusa y en su mano la lanza de la verdad, del casco salían ensortijados mechones que destacaban por ser el único toque de rebeldía de la escultura.
Aquellos cabellos... nunca había creído que los dioses interviniesen en la vida de los hombres, siempre pensó que mientras cumpliese con sus obligaciones, los dioses le dejarían en paz. Pero ante sus ojos, tenía la prueba viviente de su error. Los dioses no sólo intervenían en la vida de los hombres, la alteraban, y les hacían sufrir.
Volvió a mirar a la diosa, pero esta vez no la vio magnifica y hermosa, su presencia le infundió miedo y dolor, y por un instante el desprecio hacia ella se hizo patente. Ahora la veía altiva, lejana y cruel. Le prestó, no obstante, poca atención, pues tenía una preocupación mucho más inmediata. ¿Por qué querían entrar todos al templo? ¿Acaso no veían que si entraban con personas infectadas, todos terminarían enfermos? Lo lógico hubiese sido alejarse de la ciudad, huir, no aglomerarse todos en su centro.
Siguió observando el tumulto, un niño chilló cuando fue golpeado por un soldado y su pequeño se revolvió contra su pecho, pero siguió dormido. Aquello terminó por aumentarle aún más, si cabe, su ya enorme intriga. Se mezcló con las personas que intentaban acceder al templo, pensó con ironía que no debían estar tan desesperados porque excedían en número a los guardias; pero, ¿cuanto duraría la calma?.
Entre las quejas y murmullos consiguió la información que buscaba "la diosa había bendecido el templo, dentro no podía alcanzarles la enfermedad y los alimentos de las arcas del templo no habían sido corrompidos, pero la nobleza se había encerrado allí y donde cabían 3000 personas sólo habitaban 100"
El pastorcillo sintió cómo la ira le corroía las entrañas, cómo tenía ganas de gritar... el niño tosió ligeramente y sus ojos se anegaron en lágrimas, al pensar que él podía caer ante aquella plaga en cualquier momento. Mareado y confundido caminó sin rumbo, tratando de respirar, pues el dolor de semejante injusticia le atenazaba el pecho con puño de hierro. Tropezó con una losa mal ajustada y cayó sobre sus rodillas. El sobresalto y el intento de que el niño no saliese lastimado, le sacaron de su estupor y cuando levantó la vista la vio allí, mirándole, con los ojos tristes.
Nunca había pensado que una diosa pudiese tener los ojos tristes. Pero cómo no iba a estarlo, ella había intentado proteger a su pueblo de una plaga terrible, y aquellos a quienes había concedido el poder, habían traicionado a los suyos, los dejaban morir de enfermedad y hambre por las calles, mientras ellos cenaban copiosamente. ¿Cómo no iba a estar triste?
Se sintió muy culpable por haber pensado por un momento que ella les había abandonado, ella siempre estaría allí, incluso cuando ya no creyesen en ella, porque les amaba, así de simple, era su pueblo, era su gente, les amaba, cuidaría de ellos.
Mientras pensaba estas cosas una nube se apartó del camino del sol, y un rayo solitario desafió el gris del cielo cortándolo como una espada, bajó hasta la diosa y, reflejado en el escudo terminó en una pared. El pastorcillo de fijó en aquel pequeño punto luminoso, se fijó en que las piedras eran diferentes allí, se fijó en que en el suelo había marcas de pisadas que llegaban hasta esa pared y se cortaban. Elevó la vista hacia su diosa y le sonrió, y le dio las gracias. Entraría en el templo y solucionaría ese problema, la señora se lo había pedido y, aunque fuese un humilde pastor, si ella estaba de su lado, no debía tener miedo.
Atravesó túneles oscuros y estrechos que torcían una y otra vez sobre sí mismos, en un par de intersecciones dudó sobre el camino a seguir, pero cada vez, un pequeño fulgor iluminaba la elección adecuada. Y así después de lo que le parecieron horas, llegó hasta una sala donde ardía una hoguera y donde varias mujeres vestidas con túnicas blancas tejían mientras otra les leía de un pergamino. Todas se alteraron al percibir su presencia, todas menos una, que se levantó de su asiento y le dijo "¿Entiendes que está penado con la muerte, la intrusión en el templo de la Diosa?" La respuesta salió de sus labios sin que se diese cuenta siquiera "Atenea me envía, me ha guiado hasta aquí para que ayude a mis iguales en estos momentos de penuria", la sacerdotisa sonrió y con ese gesto le recordó a la diosa a la que servía "Bien joven, si la diosa te guía, estamos obligadas a ayudarte, dime, ¿cuál es tu plan?" El pastorcillo palideció ¡no había pensado un plan! se había adentrado en la más absoluta oscuridad sin pensar en un plan, esperando que la diosa le guiase.
"Nuestra señora te guiará hasta tu destino, pero recuerda que ella es seguidora de Sofía, no te ayudará si no utilizas tu mente para llevar a cabo sus designios" dijo la sacerdotisa leyendo su mente asustada. Se centró un momento y pensó, la mayoría de la guardia estaba ocupada intentando controlar el tumulto, dentro sólo había nobles disolutos que no llevarían armas porque si no las sacerdotisas no les permitirían entrar, pero claro, él tampoco tenía armas excepto aquel palo con el que había cargado y aún no le había servido de nada. Inspiró hondo y dijo "¡me enfrentaré a los nobles!. La diosa les permitió tener esas posiciones hace muchos años ya que eran los mas preparados para cuidar de los demás pero en vez de seguir las enseñanzas de paz y justicia de nuestra señora, han utilizado su poder para conseguir más poder, si alguno de ellos reacciona ante estas palabras, estará salvado, los que no lo hagan serán expulsados de su puesto y sustituidos por personas que sí amen la sabiduría, que sigan el camino de la diosa." La sacerdotisa sonrió "alabo tu valor y determinación joven, pero sigue sin parecerme un plan" el pastorcillo, se sonrojó y dijo en voz entrecortada "señora había pensado en golpearles con el palo, atarles y luego decirles el discurso" Una risa límpida y clara lleno los pasillos del templo, los nobles que se encontraban en al sala principal de oraciones se estremecieron de miedo, pues pensaban que la diosa había bajado a burlarse de ellos.
La sacerdotisa caminó hacia el joven con los brazos extendidos "no puedes llevar a esa criatura contigo a un combate", él sonrió agradecido, deshizo los nudos que mantenían al bebe atado a su cuerpo y lo entrego a la sacerdotisa que siguió preguntándole "¿cómo se llama esta angelical criatura que te acompaña?"
"No lo sé mi señora, le encontré sólo llorando en la calle, no podía dejarle allí" la sacerdotisa sonrió mirando al muchacho "nuestra señora ha escogido bien, como siempre, ve, cumple tu misión y vuelve a buscar a Anthea"
El pastorcillo se mostró consternado "¿quién es Anthea señora?" La sacerdotisa a punto estuvo de arrancar otra vez en carcajadas "Anthea es la muchacha a la que has salvado, pastor, la que será desde hoy tu hija, ¿no me digas que pensabas que era un muchacho? Vamos, marchate". El pastor consternado se dio la vuelta en la dirección que le habían indicado las siervas del templo cuando oyó una voz a sus espaldas: "¡Muchacho! ¿Cuál es tu nombre?". "Sifiso señora", respondió él y siguió caminando, cuando estaba fuera de su vista la sacerdotisa susurro:
"Sifiso, mano ejecutora de nuestra señora, ten cuidado y vuelve vivo"
Las antorchas iluminaban las paredes con sombras tenebrosas que no tranquilizaron su corazón agitado, ¿estarían todos en la misma sala?
Le habría interesado saber si estaban diseminados, las ovejas que se separan del rebaño siempre sorprendían volviendo en el momento más inoportuno, le pareció irónico igualar a los nobles de la ciudad con borregos pero, eso le dio valor para continuar. Al final del pasillo, donde le habían indicado que estaba al sala de oración, se adivinaba mucha más luz, desató su vara y la empuñó con seguridad, se acercó con pasos lentos hasta la esquina donde se abría la sala, asomándose detrás de unos cortinajes y la escena le turbó.
Aquellos que debían cuidar de su pueblo, aquellos que debían dar ejemplo, estaban la mayoría inconscientes en un sueño ebrio, algunos vagaban aun rellenando sus copas en las ánforas de hidromiel, pero se tambaleaban inseguros por el efecto del licor. Sifiso caminó entre los cuerpos inconscientes y abotargados preguntándose cómo llevaría su plan ahora. No se veía capaz de golpear a personas indefensas por muy repulsivas que fuesen. Sintió algo a su espalda, y una sensación de cosquilleo en la nuca, se giró, pero no había nadie allí.
Preocupado dio un paso hacia delante preguntándose de dónde había salido aquella sensación, y entonces alguien saltó desde detrás de las cortinas, con movimientos ágiles le atacó moviendo con rapidez una daga que tenia en la mano derecha y golpeándole con una especie de cetro que portaba en la mano izquierda. Sifiso con destreza se defendió aunque no pudo evitar un par de arañazos de la daga, rezó para que al hoja no estuviese envenenada y buscó los puntos débiles de su atacante. En un quiebro hacia la izquierda el atacante bajo el cetro, y Sifiso aprovecho el momento, de un golpe recto y directo al hombro logro inutilizarle el brazo derecho. Aún quedaba la mano de la daga, pero con los lanzamientos rectos, Sifiso pudo ver un punto débil mucho mas fácil de atacar. Dió un paso atrás, fintó y golpeó al individuo en el otro hombro cuando éste realizaba un ataque frontal con la clara intención de destriparle. La daga calló con estrépito al suelo, y Sifiso miró en derredor esperando alguna reacción, o nuevos atacantes, pero todos dormían, en pie solo estaban su atacante y él mismo. Aunque su atacante estaba encorvado en una posición casi simiesca. Cuando alzó la cabeza, el pastor se asustó, su rostro estaba plagado de bubas y bultos, amoratado e infectado, el habría matado a cualquiera de sus ovejas que presentase ese aspecto, por compasión, por piedad.
"Cómo te atreves??" Rugió aquel el ser deforme "Cómo osas entrar en esta casa y molestar a aquellos que son superiores a ti en todo", "Ésta no es tu casa, es la casa de Atenea, y es ella quién me ha invitado", "¿Atenea te ha invitado a su casa?, ¿a hacer qué?, ¿matarnos mientas dormimos?, ¿reñirnos a todos por no cumplir con la doctrina de la diosa?" El hombre avanzaba hacia él, no podía mover los brazos así que caían lánguidos a los costados, en su rostro deforme destacaban dos ascuas de odio brillando, amenazándole "He venido a restaurar el orden" Lo dijo con firmeza. Aquel ser que hacia mucho había perdido su aspecto humano, se lanzó sobre él, y Sifiso, asustado golpeó. Se oyó un crujido, como cuando se abre un melón contra una roca, y su enemigo cayó inerte al suelo, como un fardo.
Sifiso dejo caer el bastón espantado, y siguió hipnotizado ante la visión de aquel cuerpo sin vida. El había terminado con su vida. con los ojos anegados en lágrimas miró en derredor, a los cuerpos yacientes, babeantes, gimientes, degradados por su opulencia y corrupción, y no encontró consuelo.
Una suave luz ilumino la estancia, No podía contener la lágrimas que le nublaban la vista, y la imagen que apareció ante él era fantasmagorica y borrosa. La tenue luz iluminaba la fastuosa escultura de mármol de la Diosa, cubierta en oro y sedas. La luz se incrementó cegándole. Y una voz melódica le hablo.
- Sifiso, quiero darte las gracias, con tu mano has cumplido mis deseos, y has salvado a mi pueblo.
- he matado a un hombre mi señora
- Lo se, perdoname, pero no había otro camino; si el vivía, muchos debían morir, no era justo, no podía consentirlo.
- Mi señora, pero ahora, ¿yo qué soy?, ¿un asesino?
- un héroe, mi joven amigo. Me has hecho un gran favor Sifiso, no puedo borrar la sangre de tus manos, pero te prometo esto, no volverás a matar nunca, y de tu mano, muchos miles vivirán felices mucho años.
- Mi señora Atenea, no comprendo...
la luz despareció como había venido, comenzó a ver los bordes de las columnas, de los cortinajes, de los cuerpos amontonados a su alrededor. Y comenzó a destacar una figura, con túnica blanca, frente a el.
-Sifiso, ¿estas herido?
- Yo, no, no estoy herido, ¿esta Anthea bien?
- Si, duerme, la he dejado con mi hermanas
- Gracias, muchas gracias, yo...ni siquiera se tu nombre
- mi nombre es Eliana, suma sacerdotisa de nuestra señora Atenea
- Eliana, ¿que se supone que debo hacer ahora?
- Abre las puertas Sifiso, deja entrar a nuestro pueblo asustado y hambriento, que entre en esta casa y se curen sus heridas.
- Si Eliana, eso haré.
Sifiso se acerco a las puertas cerradas del templo y empujo con todas sus fuerzas, los goznes crujieron y comenzaron a girar. Oyó el estruendo de gritos de las gentes hambrientas y asustadas, intento mirar en aquella dirección, pero la luz del sol atardeciendo le impidió ver el tumulto que se avalanzaba hacia el.
El sol terminó de esconderse tras las montañas, y las farolas comenzaron a lucir, creando ese ambiente tétrico de infinidad de luces y falta de claridad. Todos miraban las letras esculpidas al pie de la estatua " Anthea, hija de Sifiso y Eliana, Guerrera al servicio de nuestra señora Athenea".
- ¿Seguro que pone eso?
- Que si, que seguro. Oye que mi Griego está oxidado pero me da para una línea, un poco de Fe, Ru
- Lo que no me explico es como te sabes la Historia que va con cada escultura, hay cientos.
- Diana cariño, yo he dicho que tendríais una Historia, no puedo asegurarte que ocurriese eso.
Todos la miraron con mezcla de asombro y decepción.
- No me miréis así, es arqueología, construir la Historia a partir de las pequeñas piezas que se tienen y los conocimientos de Historia adquiridos, hubo plaga, hubo hambruna, y de todo ello salió un nuevo líder cuya hija, aún siendo mujer, destacó como militar, en el ejército Ateniense...venga chicos, ¿de verdad pensáis que he mentido? o ¿he dado vida a un bloque mármol?
Todos rieron y siguieron caminando.
- ¡Repolluda! ¿vienes?
- ¡Voy!- volvió a mirar la escultura que estaba frente a ella - Ojalá fuese verdad. Tienes que ser verdad, algo así tiene que haber ocurrido alguna vez, en algún sitio.- Cerró la mano con tanta fuerza que los nudillos se el quedaron blancos
- Mi niña, vamos, que estos se van sin ti, y ya me dirás que hacemos si guía que nos cuente historias.- Di sonrió, y su sonrisa apagó el pequeño fuego que se había desatado en su alma. Suspiro mirando a la estatua una última vez.
- Venga vamos, seguro que encontramos un lupanar.
- ¿se llamaban lupanares en griego? eso me suena a latín.
- y es latín, no se como se dice prostíbulo en griego ¿que te crees que soy un diccionario?- hizo una mueca y trotaron calle abajo, mientras las risas de sus amigos les recibían como un abrazo.




